Todo empezo con una caja de zapatos

Aquel día me dirigía a una entrega de proyectos con una caja de zapatos en la mano. Se trataba de una chapuza de maqueta representando un pabellón ganadero (4 paredes y un tejado a dos aguas en cuya base todavía podía leerse la marca de las zapatillas que habían contenido).

Estaba en tercero de arquitectura. Ese curso, en la asignatura de proyectos, nos habían planteado la revitalización de un pueblo en proceso de despoblación en Soria proyectando un nuevo centro de actividad económica, vivienda y un centro socio-cultural que acogieran a 30 nuevos habitantes en el

pueblo.

Lo ví claro. El proyecto debía realizarse de forma participativa. Debía implicar a las actuales y a las nuevas habitantes del pueblo en el proceso de diseño de las infraestructuras así como en el modelo de gestión y de integración del pueblo.

Así, utilizando simplemente mi intuición ya que nunca durante la carrera nos habían hablado de incluir a las usuarias en los procesos de diseño, inventé un proceso ficticio en el que fuí preguntando a amigas y compañeras de clase, como debía de ser ese pueblo para que se fueran a vivir allí.

En la primera corrección del proyecto, me presenté con mis encuestas, los resultados de las mismas

y todo un planteamiento de como llevar a cabo dicho diseño colectivo.

La respuesta de mi profesor fue: “Esto es más bien el trabajo de un sociólogo no?” Y pasó a reventar mis escasos planteamientos arquitectónicos… Bajón!

Después de ver como mis planteamientos participativos quedaban reventados mi motivación para llevar a cabo el proyecto puramente arquitectónico quedo diezmada. El resultado fue la caja de zapatos… (admito que no fue solamente la falta de motivación y que nunca he sido ningún hacha en proyectos). Según me dirigía a entregar la caja-maqueta en cuestión, dos compañeros de clase, me interceptaron en el pasillo, me preguntaron donde iba con aquella caja y se murieron de la risa (con razón) cuando les explique el concepto artístico allí encerrado. No me dejaron entregar aquella chapuza y gracias, porque habría corrido peligro de expulsión por aquella aberración.

Unos cuantos años más tarde, mal que bien, acabé la carrera de arquitectura. Con otras compañeras de la carrera y de otros espacios sociales que también se habían planteado entregar alguna que otra caja de zapatos creamos Hiritik At. Ya llevamos varios años combinando urbanismo con participación, fomentando la economía social transformadora y el desarrollo local comunitario basándonos en lo que auto-aprendimos mientras estudiábamos arquitectura, ingeniera o geografía…y nos va bastante bien!

Ultimamente también he oído que se plantea crear un grado que combine arquitectura, sociología y bellas artes… vaya!